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Dos novelas cortas
Dos novelas cortas

01/NOV/2021
01/NOV/2021

 

Pedro Meseguer

Uno de los primeros elementos que se aprenden en un taller de escritura es la figura del narrador, la voz que cuenta la historia. Hay pocas opciones para construir esa voz. La más antigua es la del narrador omnisciente, una voz en off que narra la historia como si fuera una especie de Dios que todo lo sabe sobre la misma. Avanza o retrocede en la historia a voluntad, entra sin dificultad en la mente de los personajes y nos dice lo que piensa este o lo que prefiere aquella. De hecho, si oculta algo a la persona que lee es por el propio beneficio de la historia, porque saberlo, no hay duda de que lo sabe.

            Una tentación común para un narrador omnisciente es que sea histórico: a medida que narre los hechos, introduzca aquí y allá vicisitudes históricas en torno a ellos (cómo se formó una costumbre, cómo se acuñó un nombre, cómo se originó una tradición). Estamos hechos de tiempo —decía Borges— y volver a un pasado que explique o justifique el presente es una operación feliz para nuestro corazón.

            Algo mucho menos frecuente es cuando el narrador omnisciente, completado en su dimensión histórica, también es capaz de proporcionar explicaciones científicas de los hechos que cuenta. Pero un narrador así está a un paso de volverse un pesado inaguantable y de convertir el texto en un árido pedregal. Es un terreno muy resbaladizo. Para evitar ese fracaso, el narrador ha de mantener el tono de amigo confidente al lado de la persona que lee y, sin darse importancia, desgranar explicaciones científicas accesibles a la vez que narra. Con un buen grado de atrevimiento, este narrador es el ensayado por el escritor danés Peter Adolphsen en sus dos novelas cortas: Brummstein (2003) y Machine (2006), publicadas en castellano por la editorial Lengua de Trapo en un solo volumen (2010). Un experimento narrativo coronado por el éxito.

            Brummstein es una novela corta —menos de cien páginas— en torno a la historia de una extraña piedra que vibra, con un arco temporal que cubre todo el siglo XX. La piedra es el centro de la narración y permanece en la mayor parte del tiempo en Alemania —sale de Suiza al principio del relato, y realiza el recorrido inverso al final—, lo que le permite al autor describir distintos episodios de la historia alemana, como el ambiente de entreguerras, la Segunda Guerra Mundial, la Alemania del este o la reunificación. Con un estilo muy original y una buena documentación, esa forma de escribir se siente gratamente informativa y el texto no resulta árido.

            Empieza con «La continua orogénesis de los Alpes…», un comienzo singular para una novela. Pero engancha. Porque el autor consigue algo difícil: hacer interesantes los procesos que describe, de forma que el lector sienta curiosidad, lo que causa que reciba con buen apetito —casi con avidez— esas explicaciones. Después de dar un par de imágenes sobre las edades de la Tierra —los párrafos iniciales están muy bien escritos—, habla de la tectónica de placas y de la formación del Hollöch (nombre del sistema de grutas). Allí, un estudioso se interna en la gruta y consigue ese trozo de piedra, una porción de una roca muy extraña. Doce años después muere y la tarea de desmontar la casa recae en su sobrino, que hereda la piedra. Esta va dando tumbos hasta quedar varada en una maleta extraviada en la oficina de objetos perdidos de una estación de tren. Es el tiempo de la Segunda Guerra Mundial. De allí pasa a un orfanato en Alemania del este, llega a Hamburgo, donde finalmente se transforma en una obra de arte contemporáneo. De las manos de un coleccionista, pasa a un museo y una restauradora se interesa. Toda esta peripecia da pie a que el autor se explaye sobre conocimientos de paleografía, espeleología, químicos, sísmicos, geológicos, físicos. Aparecen en el lugar oportuno, están muy imbricados en la trama y entrelazados con varias descripciones (y acciones) en distintos momentos de la Alemania del siglo XX.

            Machine es otra novela corta, realizada con la misma fórmula que la anterior: el foco se concentra sobre un objeto inanimado —en lugar de una piedra es una gota de gasolina—, y la narración sigue su peripecia en el arco narrativo, lo que permite al autor entrar en tiempos y espacios muy dispares: desde el lejano Eoceno (edad geológica), pasa por la Unión Soviética y termina en Texas —de hecho la novela comienza: «A las 7:59 PM del 23 de junio de 1975, en la South First Street de Austin, Texas…». Mantiene el peculiar estilo de proporcionar descripciones científicas muy detalladas de los hechos que suceden.

            Se podría pensar que repite lo realizado en Brummstein, pero un análisis cuidadoso muestra una evolución. El foco central pasa de ser un objeto inerte que no cambia —la piedra zumbadora— a un objeto que si cambia de estado a lo largo de la obra: originalmente, la gota de gasolina era el veloz corazón palpitante de una pequeña yegua primitiva, que muere ahogada, sus restos se convierten en petróleo que, miles de años después, es extraído en Utah, refinado y termina en un motor de coche. En el texto anterior, ningún personaje adquiere las dimensiones de protagonista. Sin embargo, en esta obra Jimmy y Clarissa tienen una talla claramente mayor que el resto. Respecto al narrador, en el texto anterior se desvela en el último párrafo y no tiene ningún papel en el relato, mientras que en esta obra sí participa en la narración —muy pronto, ya en el segundo párrafo nos dice «… Yo estaba fisgoneando desde el balcón de al lado».

            En definitiva, dos originales narraciones con profundos aromas científicos que no se hacen pesadas para la persona lectora, que casi en cada frase descubre algo que no sabía. Un regalo para satisfacer esa curiosidad de amplio espectro que tanto menudea en las mentes humanas.

Pedro Meseguer

Uno de los primeros elementos que se aprenden en un taller de escritura es la figura del narrador, la voz que cuenta la historia. Hay pocas opciones para construir esa voz. La más antigua es la del narrador omnisciente, una voz en off que narra la historia como si fuera una especie de Dios que todo lo sabe sobre la misma. Avanza o retrocede en la historia a voluntad, entra sin dificultad en la mente de los personajes y nos dice lo que piensa este o lo que prefiere aquella. De hecho, si oculta algo a la persona que lee es por el propio beneficio de la historia, porque saberlo, no hay duda de que lo sabe.

            Una tentación común para un narrador omnisciente es que sea histórico: a medida que narre los hechos, introduzca aquí y allá vicisitudes históricas en torno a ellos (cómo se formó una costumbre, cómo se acuñó un nombre, cómo se originó una tradición). Estamos hechos de tiempo —decía Borges— y volver a un pasado que explique o justifique el presente es una operación feliz para nuestro corazón.

            Algo mucho menos frecuente es cuando el narrador omnisciente, completado en su dimensión histórica, también es capaz de proporcionar explicaciones científicas de los hechos que cuenta. Pero un narrador así está a un paso de volverse un pesado inaguantable y de convertir el texto en un árido pedregal. Es un terreno muy resbaladizo. Para evitar ese fracaso, el narrador ha de mantener el tono de amigo confidente al lado de la persona que lee y, sin darse importancia, desgranar explicaciones científicas accesibles a la vez que narra. Con un buen grado de atrevimiento, este narrador es el ensayado por el escritor danés Peter Adolphsen en sus dos novelas cortas: Brummstein (2003) y Machine (2006), publicadas en castellano por la editorial Lengua de Trapo en un solo volumen (2010). Un experimento narrativo coronado por el éxito.

            Brummstein es una novela corta —menos de cien páginas— en torno a la historia de una extraña piedra que vibra, con un arco temporal que cubre todo el siglo XX. La piedra es el centro de la narración y permanece en la mayor parte del tiempo en Alemania —sale de Suiza al principio del relato, y realiza el recorrido inverso al final—, lo que le permite al autor describir distintos episodios de la historia alemana, como el ambiente de entreguerras, la Segunda Guerra Mundial, la Alemania del este o la reunificación. Con un estilo muy original y una buena documentación, esa forma de escribir se siente gratamente informativa y el texto no resulta árido.

            Empieza con «La continua orogénesis de los Alpes…», un comienzo singular para una novela. Pero engancha. Porque el autor consigue algo difícil: hacer interesantes los procesos que describe, de forma que el lector sienta curiosidad, lo que causa que reciba con buen apetito —casi con avidez— esas explicaciones. Después de dar un par de imágenes sobre las edades de la Tierra —los párrafos iniciales están muy bien escritos—, habla de la tectónica de placas y de la formación del Hollöch (nombre del sistema de grutas). Allí, un estudioso se interna en la gruta y consigue ese trozo de piedra, una porción de una roca muy extraña. Doce años después muere y la tarea de desmontar la casa recae en su sobrino, que hereda la piedra. Esta va dando tumbos hasta quedar varada en una maleta extraviada en la oficina de objetos perdidos de una estación de tren. Es el tiempo de la Segunda Guerra Mundial. De allí pasa a un orfanato en Alemania del este, llega a Hamburgo, donde finalmente se transforma en una obra de arte contemporáneo. De las manos de un coleccionista, pasa a un museo y una restauradora se interesa. Toda esta peripecia da pie a que el autor se explaye sobre conocimientos de paleografía, espeleología, químicos, sísmicos, geológicos, físicos. Aparecen en el lugar oportuno, están muy imbricados en la trama y entrelazados con varias descripciones (y acciones) en distintos momentos de la Alemania del siglo XX.

            Machine es otra novela corta, realizada con la misma fórmula que la anterior: el foco se concentra sobre un objeto inanimado —en lugar de una piedra es una gota de gasolina—, y la narración sigue su peripecia en el arco narrativo, lo que permite al autor entrar en tiempos y espacios muy dispares: desde el lejano Eoceno (edad geológica), pasa por la Unión Soviética y termina en Texas —de hecho la novela comienza: «A las 7:59 PM del 23 de junio de 1975, en la South First Street de Austin, Texas…». Mantiene el peculiar estilo de proporcionar descripciones científicas muy detalladas de los hechos que suceden.

            Se podría pensar que repite lo realizado en Brummstein, pero un análisis cuidadoso muestra una evolución. El foco central pasa de ser un objeto inerte que no cambia —la piedra zumbadora— a un objeto que si cambia de estado a lo largo de la obra: originalmente, la gota de gasolina era el veloz corazón palpitante de una pequeña yegua primitiva, que muere ahogada, sus restos se convierten en petróleo que, miles de años después, es extraído en Utah, refinado y termina en un motor de coche. En el texto anterior, ningún personaje adquiere las dimensiones de protagonista. Sin embargo, en esta obra Jimmy y Clarissa tienen una talla claramente mayor que el resto. Respecto al narrador, en el texto anterior se desvela en el último párrafo y no tiene ningún papel en el relato, mientras que en esta obra sí participa en la narración —muy pronto, ya en el segundo párrafo nos dice «… Yo estaba fisgoneando desde el balcón de al lado».

            En definitiva, dos originales narraciones con profundos aromas científicos que no se hacen pesadas para la persona lectora, que casi en cada frase descubre algo que no sabía. Un regalo para satisfacer esa curiosidad de amplio espectro que tanto menudea en las mentes humanas.

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